No sé a qué demonios ellos se
referían cuando decían “especial”, pero yo estaba incluida, eso era más que
seguro. Sin embargo, aunque así fuera, debía hacer las cosas que todos los
demás hacían. Actuar, le decía mamá, servía para parecerme a ellos. Me puse
unos jeans, una remera de tiritas negras y un cárdigan rosa claro, también mis
converse y decidí no luchar con mi cabello. Parecía que el cielo, literalmente,
había jugado una tregua que terminó unánime entre mis padres y los demás
ángeles para que mi cabello fuera pelirrojo hasta la muerte, pelirrojo natural,
es decir naranja. Pero como si fuera poco, en medio de mi cara resaltaban mis
dos llamativos y enormes ojos verdes como el césped mismo en primavera, ¡era
increíble! Si hubiesen pedido hacer a alguien con más aspecto angelical, ni
siquiera hubiesen podido.
No tenía mucho sentido, mamá
traía su cabello negro hasta morir y sus ojos cafés, papá tenía el cabello
rubio y sus ojos celestes. Yo, realmente, era un invento fallido de nuestros superiores,
enviada con la jodida misión de atraer a cuanto muchacho me viera, ¡un desastre
natural! Sinceramente, era algo difícil con lo que lidiar. Mis rasgos eran tal
cuál un personaje de película animada, ni siquiera de aquella manera sería tan
irreal. Mi estatura era promedio para mis 17, lo único normal.
Tenía el cabello naranja
(pelirrojo) hasta la cintura que caía lacio perfecto naturalmente, ¡Incorrecto!
Mis ojos verdes como el césped
nuevo de primavera, ¡Incorrecto!
Unos labios gruesos y rosados sin
falta de brillo labial, ¡Incorrecto!
Algunas pecas casi invisibles en
mis mejillas, ¡Otro incorrecto!
Ni por qué mencionar mis
demasiado atléticas piernas para mi falta de deporte, mis curvas prominentes y
mi abdomen casi idéntico al de las personas que hacen 1000 abdominales al día.
Todo esto fue parte del combo de
nacer. Así nada más ¡INCORRECTO! Defectos perfectos de ser un ángel de belleza
y amor.
Bajé las escaleras de nuestra
flamante casa en San Francisco, para encontrarme en la cocina con papá.
—Hola Azul —saludó papá, le
sonreí dirigiéndome a mi desayuno.
—¿Por qué no me pusieron “Red” o
“Verdecita”? —le pregunté divertida— Soy un arcoíris, mírame —él rió.
—No lo pensamos —aseguró entre
risas—. Deberías hablar con tu madre, ella fue la que lo eligió. Dijo que le
recordaba al cielo.
—¿Dónde está ella? —pregunté
tomando un sorbo de mi café luego.
—Entrenando —respondió—, ¿irás en
el bus? —fruncí el ceño.
—¿Por qué no puedo solo ir
volando? —papá sonrió divertido.
—Sería genial verte aterrizar en
el patio del colegio —se burló de mi mal aterrizaje. Fruncí el ceño nuevamente.
—Eso podría cambiar si…
—Ni lo sueñes —me interrumpió—,
no puedes llegar volando, Azul. Los humanos no vuelan.
—¡Qué injusticia! —murmuré
sentándome— Ni siquiera actuando parezco normal, pero debo hacerlo de todos
modos, aunque no funcione —recalqué.
—Pronto sabrás cuál es tu legado,
nena —me recordó—. Te aseguro que las cosas cambiarán.
—Y no sé qué tan preparada estoy
—le sonreí amargamente—. Pero, bueno, debo irme. No quiero perder el bus.
—¿Vienes temprano? —me preguntó.
—Sí, supongo que sí —respondí
tomando mi mochila—. Cualquier cosa te enviaré un texto.
—¡Odio la tecnología! —protestó
mientras yo reía saliendo de casa.
—Adiós, papá. Te quiero.
—También te quiero, arcoíris
—sonreí caminando hacia la esquina.
Dos minutos después, el bus pasó
por mí. Me senté casi al fondo y revisé mi libro de trigonometría, odiaba esas
cosas, pero no podía evitar ser demasiado aplicada en la jodida escuela. Cosa
de ángeles. Era una tendencia innata e inevitable ser responsable como la
mierda. Jamás podíamos zafarnos de cosas que nos correspondían, por muy
insignificantes que fueran, como la trigonometría.
En la siguiente parada subió un
muchacho de mi edad realmente llamativo, pero casi al instante me decepcioné de
no percibir su aura angelical. Él era demasiado perfecto para ser real, como
yo, pero no era de los míos. Su cabello color miel estaba algo alborotado por
el viento, sus ojos eran profundamente azules, traía un aro en su oreja
izquierda y vestía jeans negros y una sudadera blanca con una inscripción
delante. Le sonrió a alguien sentado algunos asientos delante del mío y admiré
la majestuosidad de sus ojos enchinándose y la perfecta alineación de sus
inmaculados dientes. Desapareció de mi vista cuando se sentó y me obligué a
mirar mi libro, ¿quién sería él?
Al llegar al colegio, me dirigí a
mi taquilla. Emma estaba apoyada en ella comiéndose sus uñas, jamás dejaba de
hacerlo. Era su mal hábito. Al verme sonrió. Aquella muchacha era infinitamente
extrovertida y creativa. Era valiosa, la única que no se encantaba de ningún
poder de ángel que pudiera emitir inconscientemente. Algo realmente raro,
porque jamás me pasó con alguien más, de todas formas, era grandioso.
—¡Hola! —exclamó. Era mi amiga
desde el día que me mudé a San Francisco.
—Hola, Emm —saludé sonriéndole—,
¿sigues comiéndote las uñas? —fruncí el ceño.
—Dos semanas de vacaciones no
cambiará ese hecho, soy adicta —sonrió inocentemente, reí.
—No tienes remedio —le comenté.
—¡Mírate! —me sugirió— Pareciera
que no entiendes que estamos en enero, vistes como si fuera otoño y ni siquiera
hiciera frío —ventajas de ser un ángel.
—No siento frío, me gusta el
invierno —procuré sonar lo más humana posible.
—Sí, lo he notado —aseguró
divertida—. Eres rara, Azul.
—Tú lo eres —bromeé—. Tengo
algebra.
—Español —bufó—. Estoy pensando
en mudarme a Inglaterra y dejar de estudiar —reí divertida.
—Sobre todo porque tu madre te
dejará. Sí, creo que es sensato de tu parte, Emma —ella me miró frunciendo el
ceño.
—Ni siquiera me dejas soñar, eres
cruel —intentó no reír, pero ninguna lo logramos.
—Estás mal, enserio.
—Estuve casi 20 minutos
intentando domar estos rizos, ¡odio la humedad! —protestó— Y tú ni siquiera
tienes un cabello desordenado.
—No empieces —le pedí—. Esto es
un asco —hablé apuntando mi cabeza.
—Oye, no voltees, pero Zach, de
la clase de francés está mirándote como si fueras un enorme trozo de carne y él
un lobo hambriento —no pude evitar reír de su comparación.
—¿Enserio? —pregunté, ella
sonrió— ¿Un trozo de carne? —añadí entre risas— Debo ser realmente sexy.
—Lo eres —me aseguró divertida—.
Eres un filete exquisito.
—¿No te has hecho ver, Emma? —ella
se encogió de hombros.
Al salir de álgebra tuve
literatura y luego me dirigí a la cafetería. Tomé un trozo de la misteriosa
carne que hacía la cocinera, un poco de ensalada y una manzana, por último una
botella de agua y me dirigí a la mesa donde estaba sentada Emma leyendo su novela
de la semana. Me senté y comencé a comer pacientemente esperando que ella
saliera de su trance.
La cafetería era un lugar social,
pero con categorías. Casi como si copiaran las películas, los “cools” de un
lado, los deportistas cerca porque las frívolas y plásticas chicas cools eran
sus novias o estaban en aquel proceso de caza natural, los normales intentando
ser cools y los nerds aislados jugando ajedrez y bebiendo jugo exprimido. No
podía etiquetarme. No había ningún lugar con el cartel imaginario lleno de
brillos y con dos alas decorativas a los lados colgando de cadenas gruesas y
brillantes color doradas que dijera “Mesa Angelical”. De hecho, si así fuera,
solo yo me sentaría allí. Sería realmente ridículo. Podía incluirme en cualquier
grupo sin problema alguno, de hecho, todos los cools me habían invitado a su
mesa alguna vez, pero no me sentía feliz estando allí por mi aura y mi belleza
inhumana. Se sentía frívolo y falso. No me gustaba, para nada.
—Aunque no lo creas, es interesante
—comentó sin despegar la vista de las páginas amarillentas de su libro.
—Sí, la leí en mi antigua escuela
—leía Romeo & Julieta.
—Lo sé, estás en clase avanzada
de literatura —me recordó sin mirarme aún.
—¿No comerás, Emm? —le pregunté
al ver la falta de su comida.
—Tengo pavo en mi mochila —me
afirmó—. Mamá me preparó el desayuno. Comeré luego. No tengo hambre.
—Bueno, creo que dejarás que
Romeo hable contigo y no me darás atención —ella ni siquiera despegó la vista
de su libro, así que decidí comer, tranquilamente.
Mi cabeza nadaba en un mar de
letras y oraciones bimembres de la anterior clase, cuando mi instinto se
alarmó, elevé mi cabeza hacia mi derecha y encontré a un muchacho mirándome. No
es que eso fuera extraño, porque todos solían mirarme así, solo que él estaba a
punto de socializar conmigo, lo intuía. Sus ojos cafés escaneaban atentamente
la mesa, empezando por mi amiga Emma, su libro, mi comida y terminando en mí.
Me sonrió mostrándome unos pequeños dientes blancos ordenados en su boca,
apuesto a que por fuerza de ortodoncias alguna vez en el pasado, pasó una de
sus manos por su cabello negro y enganchó su dedo pulgar en el pasa cinto de su
jean.
Era alto, un poco más que yo,
pero no demasiado. Tenía largas pestañas bordeando sus ojos cafés. Se veía
musculoso, como si fuera al gimnasio y levantara pesas todos los días.

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