lunes, 24 de noviembre de 2014

Capítulo I: "Azul Rotwood".


No sé a qué demonios ellos se referían cuando decían “especial”, pero yo estaba incluida, eso era más que seguro. Sin embargo, aunque así fuera, debía hacer las cosas que todos los demás hacían. Actuar, le decía mamá, servía para parecerme a ellos. Me puse unos jeans, una remera de tiritas negras y un cárdigan rosa claro, también mis converse y decidí no luchar con mi cabello. Parecía que el cielo, literalmente, había jugado una tregua que terminó unánime entre mis padres y los demás ángeles para que mi cabello fuera pelirrojo hasta la muerte, pelirrojo natural, es decir naranja. Pero como si fuera poco, en medio de mi cara resaltaban mis dos llamativos y enormes ojos verdes como el césped mismo en primavera, ¡era increíble! Si hubiesen pedido hacer a alguien con más aspecto angelical, ni siquiera hubiesen podido.
No tenía mucho sentido, mamá traía su cabello negro hasta morir y sus ojos cafés, papá tenía el cabello rubio y sus ojos celestes. Yo, realmente, era un invento fallido de nuestros superiores, enviada con la jodida misión de atraer a cuanto muchacho me viera, ¡un desastre natural! Sinceramente, era algo difícil con lo que lidiar. Mis rasgos eran tal cuál un personaje de película animada, ni siquiera de aquella manera sería tan irreal. Mi estatura era promedio para mis 17, lo único normal.
Tenía el cabello naranja (pelirrojo) hasta la cintura que caía lacio perfecto naturalmente, ¡Incorrecto!
Mis ojos verdes como el césped nuevo de primavera, ¡Incorrecto!
Unos labios gruesos y rosados sin falta de brillo labial, ¡Incorrecto!
Algunas pecas casi invisibles en mis mejillas, ¡Otro incorrecto!
Ni por qué mencionar mis demasiado atléticas piernas para mi falta de deporte, mis curvas prominentes y mi abdomen casi idéntico al de las personas que hacen 1000 abdominales al día.
Todo esto fue parte del combo de nacer. Así nada más ¡INCORRECTO! Defectos perfectos de ser un ángel de belleza y amor.
Bajé las escaleras de nuestra flamante casa en San Francisco, para encontrarme en la cocina con papá.


—Hola Azul —saludó papá, le sonreí dirigiéndome a mi desayuno.
—¿Por qué no me pusieron “Red” o “Verdecita”? —le pregunté divertida— Soy un arcoíris, mírame —él rió.
—No lo pensamos —aseguró entre risas—. Deberías hablar con tu madre, ella fue la que lo eligió. Dijo que le recordaba al cielo.
—¿Dónde está ella? —pregunté tomando un sorbo de mi café luego.
—Entrenando —respondió—, ¿irás en el bus? —fruncí el ceño.
—¿Por qué no puedo solo ir volando? —papá sonrió divertido.
—Sería genial verte aterrizar en el patio del colegio —se burló de mi mal aterrizaje. Fruncí el ceño nuevamente.
—Eso podría cambiar si…
—Ni lo sueñes —me interrumpió—, no puedes llegar volando, Azul. Los humanos no vuelan.
—¡Qué injusticia! —murmuré sentándome— Ni siquiera actuando parezco normal, pero debo hacerlo de todos modos, aunque no funcione —recalqué.
—Pronto sabrás cuál es tu legado, nena —me recordó—. Te aseguro que las cosas cambiarán.
—Y no sé qué tan preparada estoy —le sonreí amargamente—. Pero, bueno, debo irme. No quiero perder el bus.
—¿Vienes temprano? —me preguntó.
—Sí, supongo que sí —respondí tomando mi mochila—. Cualquier cosa te enviaré un texto.
—¡Odio la tecnología! —protestó mientras yo reía saliendo de casa.
—Adiós, papá. Te quiero.
—También te quiero, arcoíris —sonreí caminando hacia la esquina.


Dos minutos después, el bus pasó por mí. Me senté casi al fondo y revisé mi libro de trigonometría, odiaba esas cosas, pero no podía evitar ser demasiado aplicada en la jodida escuela. Cosa de ángeles. Era una tendencia innata e inevitable ser responsable como la mierda. Jamás podíamos zafarnos de cosas que nos correspondían, por muy insignificantes que fueran, como la trigonometría.
En la siguiente parada subió un muchacho de mi edad realmente llamativo, pero casi al instante me decepcioné de no percibir su aura angelical. Él era demasiado perfecto para ser real, como yo, pero no era de los míos. Su cabello color miel estaba algo alborotado por el viento, sus ojos eran profundamente azules, traía un aro en su oreja izquierda y vestía jeans negros y una sudadera blanca con una inscripción delante. Le sonrió a alguien sentado algunos asientos delante del mío y admiré la majestuosidad de sus ojos enchinándose y la perfecta alineación de sus inmaculados dientes. Desapareció de mi vista cuando se sentó y me obligué a mirar mi libro, ¿quién sería él?
Al llegar al colegio, me dirigí a mi taquilla. Emma estaba apoyada en ella comiéndose sus uñas, jamás dejaba de hacerlo. Era su mal hábito. Al verme sonrió. Aquella muchacha era infinitamente extrovertida y creativa. Era valiosa, la única que no se encantaba de ningún poder de ángel que pudiera emitir inconscientemente. Algo realmente raro, porque jamás me pasó con alguien más, de todas formas, era grandioso.


—¡Hola! —exclamó. Era mi amiga desde el día que me mudé a San Francisco.
—Hola, Emm —saludé sonriéndole—, ¿sigues comiéndote las uñas? —fruncí el ceño.
—Dos semanas de vacaciones no cambiará ese hecho, soy adicta —sonrió inocentemente, reí.
—No tienes remedio —le comenté.
—¡Mírate! —me sugirió— Pareciera que no entiendes que estamos en enero, vistes como si fuera otoño y ni siquiera hiciera frío —ventajas de ser un ángel.
—No siento frío, me gusta el invierno —procuré sonar lo más humana posible.
—Sí, lo he notado —aseguró divertida—. Eres rara, Azul.
—Tú lo eres —bromeé—. Tengo algebra.
—Español —bufó—. Estoy pensando en mudarme a Inglaterra y dejar de estudiar —reí divertida.
—Sobre todo porque tu madre te dejará. Sí, creo que es sensato de tu parte, Emma —ella me miró frunciendo el ceño.
—Ni siquiera me dejas soñar, eres cruel —intentó no reír, pero ninguna lo logramos.
—Estás mal, enserio.
—Estuve casi 20 minutos intentando domar estos rizos, ¡odio la humedad! —protestó— Y tú ni siquiera tienes un cabello desordenado.
—No empieces —le pedí—. Esto es un asco —hablé apuntando mi cabeza.
—Oye, no voltees, pero Zach, de la clase de francés está mirándote como si fueras un enorme trozo de carne y él un lobo hambriento —no pude evitar reír de su comparación.
—¿Enserio? —pregunté, ella sonrió— ¿Un trozo de carne? —añadí entre risas— Debo ser realmente sexy.
—Lo eres —me aseguró divertida—. Eres un filete exquisito.
—¿No te has hecho ver, Emma? —ella se encogió de hombros.



Al salir de álgebra tuve literatura y luego me dirigí a la cafetería. Tomé un trozo de la misteriosa carne que hacía la cocinera, un poco de ensalada y una manzana, por último una botella de agua y me dirigí a la mesa donde estaba sentada Emma leyendo su novela de la semana. Me senté y comencé a comer pacientemente esperando que ella saliera de su trance.
La cafetería era un lugar social, pero con categorías. Casi como si copiaran las películas, los “cools” de un lado, los deportistas cerca porque las frívolas y plásticas chicas cools eran sus novias o estaban en aquel proceso de caza natural, los normales intentando ser cools y los nerds aislados jugando ajedrez y bebiendo jugo exprimido. No podía etiquetarme. No había ningún lugar con el cartel imaginario lleno de brillos y con dos alas decorativas a los lados colgando de cadenas gruesas y brillantes color doradas que dijera “Mesa Angelical”. De hecho, si así fuera, solo yo me sentaría allí. Sería realmente ridículo. Podía incluirme en cualquier grupo sin problema alguno, de hecho, todos los cools me habían invitado a su mesa alguna vez, pero no me sentía feliz estando allí por mi aura y mi belleza inhumana. Se sentía frívolo y falso. No me gustaba, para nada.


—Aunque no lo creas, es interesante —comentó sin despegar la vista de las páginas amarillentas de su libro.
—Sí, la leí en mi antigua escuela —leía Romeo & Julieta.
—Lo sé, estás en clase avanzada de literatura —me recordó sin mirarme aún.
—¿No comerás, Emm? —le pregunté al ver la falta de su comida.
—Tengo pavo en mi mochila —me afirmó—. Mamá me preparó el desayuno. Comeré luego. No tengo hambre.
—Bueno, creo que dejarás que Romeo hable contigo y no me darás atención —ella ni siquiera despegó la vista de su libro, así que decidí comer, tranquilamente.


Mi cabeza nadaba en un mar de letras y oraciones bimembres de la anterior clase, cuando mi instinto se alarmó, elevé mi cabeza hacia mi derecha y encontré a un muchacho mirándome. No es que eso fuera extraño, porque todos solían mirarme así, solo que él estaba a punto de socializar conmigo, lo intuía. Sus ojos cafés escaneaban atentamente la mesa, empezando por mi amiga Emma, su libro, mi comida y terminando en mí. Me sonrió mostrándome unos pequeños dientes blancos ordenados en su boca, apuesto a que por fuerza de ortodoncias alguna vez en el pasado, pasó una de sus manos por su cabello negro y enganchó su dedo pulgar en el pasa cinto de su jean.

Era alto, un poco más que yo, pero no demasiado. Tenía largas pestañas bordeando sus ojos cafés. Se veía musculoso, como si fuera al gimnasio y levantara pesas todos los días.

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