domingo, 30 de noviembre de 2014

Capítulo III: "Edward".


Después de hacer mis deberes, me di una ducha y me puse un jean negro, una camisa color café claro y unas ballerinas negras. Dejé mi cabello suelto y no me maquillé, nunca lo hacía, no me gustaba. Al bajar las escaleras la sala estaba vacía, era temprano. Me senté en el sillón y tomé mi teléfono. Emma me había enviado un mensaje hacía unos minutos.


“¿Le dirás que sí a William? Él es muy sexy. Creo que es perfecto para tu cita, pequeño arcoíris”.

“No me parece justo dejarte ir sola, iré contigo”.

“¿Quién irá sola, nena? Haha”.

“¿Vas con Manuel? Él es un lindo chico, Emm”.

“Sí, pero lo haré sufrir un poco. Se lo diré el viernes. Él se lo merece haha. Debemos ir por nuestros vestidos mañana por la tarde”.

“¿Es necesario llevar vestido? ¡Diu! Odio los vestidos”.

“¿A dónde crees que vas? ¿A pescar? ¡Por Dios, Azul! Compraremos un vestido hermoso para ti y uno más hermoso para mí, tú lo compensas con tu belleza, pero yo… ¡ufff! Tengo arto trabajo haha”.

“Vale, loca. Iremos mañana al salir del colegio. Veré qué podremos hacer con mi repugnancia ante parecer una princesa”.

“Vale, idiota. Adiós, ¡Besitosssss! :)”.


Dejé mi teléfono en mi bolsillo nuevamente y antes de que pudiera relajarme el timbre sonó.


—¡Atiende, Azul! —gritó mamá desde la cocina— Estoy ocupada. Hazlos pasar  —me dirigí a la puerta a abrir.
—Hola —saludé—. Soy Azul, hija de Jerry, pasen.


Una mujer de unos cuarenta y cinco pasó vistiendo un vestido negro plizado y llevaba sus rulos recogidos en un particular peinado. Se notaba algo rígida y rara, como si estuviese controlando algo interior. Me causó curiosidad, pero luego solo me sonrió cálidamente. Tras ella entró un señor algunos años mayor que ella vistiendo un traje gris y llevaba su cabello castaño peinado perfectamente. Se veían estirados y como amante de las reglas.


—Soy Susanne —se presentó—. Él es Robert, mi esposo.
—Es un gusto —les sonreí.
—El gusto es nuestro, pequeña —murmuró Robert simpáticamente—, ¿Jerry?
—Oh, enseguida baja —les informé—. Pasen, por favor. Están en casa —estaba a punto de cerrar la puerta cuando la figura de un muchacho apareció.
—Hola —saludó entrando, le sonreí también—. Soy Edward.
—Un gusto, soy Azul —le sonreí y luego sí cerré la puerta. Un raro sentimiento de repugnancia me invadió.
—¡Susanne! —exclamó mamá saliendo a toda prisa de la cocina hacia la sala— ¿Qué tal, cariño? No sabía que Jerry hablaba de ti, ¡qué gusto verte! Oh, ¡hola Robert! Ed, estás enorme.
—La última vez que te vi estabas embarazada de Azul —comentó Susanne sonriendo—, ¡es tan linda!
—Pasó tanto tiempo —17 años.
—¡Robert! —exclamó papá alegremente uniéndose.
—Jerry, ¿qué tal? —saludó Robert.
—Pasemos al comedor —invitó mamá—. Pronto serviré la cena.


Era raro, ellos se conocían. Pasamos al comedor y nos sentamos a un lado tenía a mamá, del otro lado estaba Edward. Me sentí incómoda toda la cena gracias a que Edward me miraba como si fuera un ángel caído del cielo. Técnicamente, lo era, pero eso no le daba derecho a intimidarme así. Él era un chico robusto, musculoso y alto. Sus ojos negros intimidaban. Descubrí que Susanne y mamá eran amigas desde el secundario y fueron a Harvard juntas. Papá y Robert trabajaban en un proyecto social de redes de construcción de casas a lo largo de los pueblos pobres de Estados Unidos, un plan fascinante y con un gran futuro. Ellos no parecían saber nuestro origen, en realidad, nadie lo hacía.
Como mamá dijo, nadie nos veía como ángeles después de recibir y cumplir nuestra misión en la tierra. Yo desencajaba en ese entorno, yo sí era vista como alguien “increíblemente” linda, adorable, angelical… como en realidad yo era. Pero al estar entre mis padres vistos como “humanos normales”, podía pasar desapercibida.
Al terminar de cenar me fui a dormir, agotada por el comportamiento acosador de Edward. Él parecía estar hipnotizado por mí, ¡era realmente aterrador e incómodo! Me puse mi pijama y me cepillé los dientes. Me até el cabello en un moño desprolijo y relajado para acostarme luego.
Al cerrar mis ojos, todo lo que podía ver consistía en el rostro de William. La perfección misma. Era raro, nunca me había sucedido con nadie; pero, recordando sus ojos celestes sentía una especie de alegría rara recorrer mis entrañas. Familiaridad, quizás, como cuando regresas a casa después de mucho tiempo fuera.



Un niño se encontraba frente a mí, arrodillado frente a su cama vestida de sábanas azules profundas. La habitación que nos rodeaba era de un niño fanático de las carreras, las paredes celestes estaban cubiertas de posters de ferraris y autos de competición. Al parecer, él no pasaba los diez años. Era un lindo muchachito de cabello castaño y ojos cafés. Juntó sus manos apoyando sus codos sobre el edredón y apoyó su frente en sus manos.


—Querido Diosito —habló su dulce voz, intenté moverme pero no lo logré. No podía controlar ese sueño tan nítido y realista, pero a la vez lejano y arrasador—, sé que todas las noches antes de dormir te molesto para pedirte lo mismo, pero me da miedo ver a papá gritarle a mamá. Le tengo miedo a ese hombre que llega a casa después del trabajo, no se parece en nada a mi papi cuando se va al trabajo, pero son tan igualitos. Hasta visten lo mismo, ¡lo odio, Diosito! Él hace que mi mami llore y yo no puedo hacer nada, ya muchas veces me ha pegado por meterme. Sácalo de la casa, le tengo miedo y nadie puede defenderme de él, excepto tú. 

martes, 25 de noviembre de 2014

Capítulo II: "¿Irás al baile conmigo?".


—Hola —saludó con una voz gruesa y varonil—, Azul, ¿no?
—Hola —murmuré y le sonreí. Odiaba ser encantadora, ellos siempre lo tomaban como mi forma de coquetear; pero no podía evitarlo, era un ángel de amor y belleza—. Sí, soy yo. Ella es Emma, mi amiga —Emma parecía ni siquiera escucharnos.
—Es un gusto —me aseguró—, soy Manuel.
—Siéntate —le ofrecí. Él lo hizo ágilmente sentándose al lado de Emma, frente a mí. Emma le sonrió algo cínica y regresó a su lectura.
—¿Ella está así siempre? —preguntó por mi amiga.
—Es un caso perdido —Emma me dedicó una mirada asesina por sobre su libro. Le sonreí angelicalmente, pero con ella no funcionaba.
—Cierra la boca, arcoíris —fruncí el ceño, Manuel me sonrió.
—Tus ojos son más lindos de cerca —Emma sonrió sin despegar su vista del libro, supuse que imaginaba mi cara roja como mi cabello—, y no estoy coqueteando, pero enserio, son increíblemente verdes.
—Sí, lo sé —y lo odio—. Todos dicen lo mismo —intenté no sonar egocéntrica, solo lo dije como un comentario.
—¡Manuel, tío! Estaba buscándote —exclamó un muchacho sentándose a mi lado con extrema confianza. Lo miré y casi caí desmayada al ver que era el chico lindo que vi subir al bus por la mañana. Se veía demasiado angelical, pero no sentía nada celestial provenir de su interior, me decepcioné pero la inquietud se quedó allí, ¿por qué era tan perfecto?
—Sí, vi a las chicas muy solas y decidí venir —Emma estaba absorta en su libro.
—Hola, es un gusto —sonrió el muchacho mirándome—. Soy William, pero todos me dicen Will.
—Soy Azul —me presenté. Era realmente hermoso.
—Y todos le decimos arcoíris por su mezcla de colorido —canturreó Emma sin dejar de leer, fruncí el ceño recordando cuanto odiaba a mi papá por llamarme así delante de Emma.
—Ella es mi jodida amiga, Emma —le informé.
—Lo sé, se sienta conmigo en literatura —aseguró Will mirándola divertido, ella no se molestó en dejar de leer.
—Y con Manuel no dejan de torturarme por no parar de leer —aseguró Emma—. Son dos desquiciados.
—Ella jamás lo deja —afirmó Manuel entre risas, le sonreí.
—Dímelo a mí —farfullé.
—¿Van al baile de bienvenida este sábado? —preguntó Manuel cambiando el rumbo de la conversación.
—Ni siquiera lo sueñes —habló Emma antes de pensar algo—. Desde que terminaron las clases vienes siguiéndome —lo miró—. He dicho que no.
—¡Qué carácter! —exclamó Manuel mientras Will y yo intentábamos no reír a carcajadas. Emma tenía su temperamento y muchas veces, en su mayoría, era gracioso verla enfadarse.
—No te soporto, tío —le aseguró mi amiga—. Ya dije, la respuesta es no.
—Bien, ¿y tú, Azul? —miré a Will sintiendo mi estómago salirse por mi boca, ¿de qué hablaba?— ¿Dirás que soy un desquiciado como Emma y no irás conmigo? ¿O me dejarás ser el afortunado que te lleve al baile? —mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho. Sonreí nerviosa y miré a Emma, ella estaba mirándome con curiosidad. Jamás, nunca, nadie me invitó a un baile en mi antigua escuela.
—Bueno… —carraspeé—, sinceramente no sé qué decir —me sinceré.
—Di que sí —me sugirió divertido—. Prometo que Manuel llevará a Emma al baile —mi amiga lo fulminó con la mirada.
—¿Cómo haré eso? —preguntó desconcertado su amigo, Will lo miró frunciendo el ceño.
—Tienes cuatro días y medio para lograr que Emma deje de pensar que eres un acosador desquiciado —le informó William—. Debes pensarlo bien.
—¡Demonios! —protestó Manuel pensativo.
—Ni lo pienses —escupió Emma—. Debe ser demasiado bueno para que te diga que sí, tengo la vara muy alta.
—¿Estás retándome, Smith? —cuestionó Manuel.
—Tómalo como quieras, Rogers —le respondió mi amiga.
—Bien… —insistió William mientras los demás peleaban—, ¿qué me dices, Azul? ¿Aceptas?
—Solo si Emma acepta a Manuel —respondí—. Si ella no va, yo tampoco —Will sonrió.
—Hecho —aceptó—. Pasaré el sábado por ti a las 06:30 p.m., de todas formas, deberé hablarte antes, por lo de nuestros amigos —quienes seguían absortos en una discusión algo absurda, pero divertida—. Además, quiero combinar.
—¡Qué gay! —se burló Manuel. William fruncí el ceño.
—Lo lamento por querer verme bien —Emma soltó una carcajada.
—Enséñale a él, por favor —se refirió a Manuel.



Terminamos el almuerzo envueltos en discusiones estúpidas entre Emma y Manuel, realmente, era muy gracioso verlos discutir. Tomé mis siguientes clases (Inglés avanzado y luego Contabilidad), para regresar a casa sobre las 04:00 p.m.



—Hola —saludé entrando.
—Hola, nena —habló mamá— ¡Estoy en la cocina!
—¿Qué haces, mamá? —pregunté alegremente entrando a la cocina.
—Muffins —volteó y sonrió—, ¿qué tal tu día?
—Nada emocionante —me encogí de hombros—. Clases, clases, clases.
—Cenaremos con unos socios de papá —me informó—. Vendrán sobre las 07:00, así que quiero que estés lista —asentí mientras ella me sonreía.
—¿Quiénes son? —pregunté curiosamente.
—No lo sé —me respondió ella pacíficamente mientras regresaba a su labor en la mesada de la cocina—, pero sabes como es tu padre, él quiere cumplir y ser amable con todos.
—Un ángel —aseguré divertida—. Lo sé. Papá es demasiado bueno.
—Como tú, como yo, como cualquier ángel. No podemos ser otra cosa, lo sabes —sí, eso sí lo sabía.
—Quizás vaya el sábado al baile de bienvenida —cambié de tema—. Unos chicos nos invitaron a Emma y a mí.
—¿Quiénes? —preguntó mamá curiosamente— Eres nueva en el colegio, creí que no irías. Siempre has sido un poco tímida.
—Bueno, soy un imán de chicos —ella rió, lo sabía—. Manuel, invitó a Emma y William a mí. No los conocemos, por eso aún no dijimos que sí, pero son agradables y lindos —en especial William, era casi tan irreal como yo.
—¿Eres un imán de chicos, Azul? —preguntó mamá.
—Y lo odio, mucho —le informé—. No sé qué ven en mí, pero allí están. Y me pasó siempre. Me miran como un trozo de carne exquisito —mamá comenzó a reírse.
—¿Carne exquisita? —preguntó entre risas, solté una pequeña risa también.
—Emma dijo eso —ella no paraba de reír—. Esa muchacha está mal.
—Eres un ángel, Azul —me recordó mamá—. Y estás libre, no tienes misión. Eres alcanzable para cualquiera de ellos, casi los hechizas sin siquiera ser consciente de ello —era horrible—. Pero pronto obtendrás tu misión y eso cambiará. Te atarán a alguien, no enamorándote, si no que todos los hombres dejarán de verte alcanzable. Solo algunos con un aura similar al tuyo podrán intentar tenerte y créeme que el círculo será pequeño —sonreí añorando que eso pasara.
—¿Cuál crees que será mi misión, mamá? —jamás me había preguntado eso, mucho menos a ella, pero cuando el tiempo comenzaba a acabarse -como ahora- de seguro era natural cuestionarse cosas así.
—No lo sé, Azul —me respondió dándose vuelta a mirarme—. Pero es cuestión de reglas. No te pondrán en medio de un conflicto, ni cosas así. No es tu misión. Probablemente, debas proteger a alguien de algo o cosas así, pero créeme, es difícil saber cuál es la misión que va a tocarte.
—Nunca me has dicho cómo te dicen la misión —o al menos, no lo recordaba.
—Quizás tengas visiones o sueñes cosas extrañas que sabrás que tienen que ver con la misión, eso pasa generalmente, pero cuando naces de dos ángeles muchas veces son más claros y explícitos —temas de jerarquías, quizás—. Una carta, una aparición. Algo simple y claro.
—¿Por qué? —pregunté curiosamente— ¿Por jerarquía?
—No, en realidad, es por tradición —arqueé una ceja, pero no hablé—. Antes se creía que un ángel procedente de dos ángeles, creaba una nueva categoría. Por ende, tenía misiones específicas. Algo así como que las misiones difíciles eran para los hijos de ángeles, es decir ángeles puros. Pero eso ya no es así, no hay nuevas categorías —me explicó mamá.
—Entonces debo estar atenta a mis sueños —murmuré pensativa, uniendo lazos.
—No,  no en realidad —me corrigió mamá—. Solo debes seguir normal, cuando el momento llegue, lo sabrás. Te lo aseguro —me sonrió y volteó a su trabajo, otra vez.
—Iré a hacer mi tarea de historia —le anuncié poniéndome de pie—. Bajaré para la cena.
—Baja antes de las 07:00 p.m., por favor —me pidió mamá.

—Vale —murmuré dirigiéndome a las escaleras.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Capítulo I: "Azul Rotwood".


No sé a qué demonios ellos se referían cuando decían “especial”, pero yo estaba incluida, eso era más que seguro. Sin embargo, aunque así fuera, debía hacer las cosas que todos los demás hacían. Actuar, le decía mamá, servía para parecerme a ellos. Me puse unos jeans, una remera de tiritas negras y un cárdigan rosa claro, también mis converse y decidí no luchar con mi cabello. Parecía que el cielo, literalmente, había jugado una tregua que terminó unánime entre mis padres y los demás ángeles para que mi cabello fuera pelirrojo hasta la muerte, pelirrojo natural, es decir naranja. Pero como si fuera poco, en medio de mi cara resaltaban mis dos llamativos y enormes ojos verdes como el césped mismo en primavera, ¡era increíble! Si hubiesen pedido hacer a alguien con más aspecto angelical, ni siquiera hubiesen podido.
No tenía mucho sentido, mamá traía su cabello negro hasta morir y sus ojos cafés, papá tenía el cabello rubio y sus ojos celestes. Yo, realmente, era un invento fallido de nuestros superiores, enviada con la jodida misión de atraer a cuanto muchacho me viera, ¡un desastre natural! Sinceramente, era algo difícil con lo que lidiar. Mis rasgos eran tal cuál un personaje de película animada, ni siquiera de aquella manera sería tan irreal. Mi estatura era promedio para mis 17, lo único normal.
Tenía el cabello naranja (pelirrojo) hasta la cintura que caía lacio perfecto naturalmente, ¡Incorrecto!
Mis ojos verdes como el césped nuevo de primavera, ¡Incorrecto!
Unos labios gruesos y rosados sin falta de brillo labial, ¡Incorrecto!
Algunas pecas casi invisibles en mis mejillas, ¡Otro incorrecto!
Ni por qué mencionar mis demasiado atléticas piernas para mi falta de deporte, mis curvas prominentes y mi abdomen casi idéntico al de las personas que hacen 1000 abdominales al día.
Todo esto fue parte del combo de nacer. Así nada más ¡INCORRECTO! Defectos perfectos de ser un ángel de belleza y amor.
Bajé las escaleras de nuestra flamante casa en San Francisco, para encontrarme en la cocina con papá.


—Hola Azul —saludó papá, le sonreí dirigiéndome a mi desayuno.
—¿Por qué no me pusieron “Red” o “Verdecita”? —le pregunté divertida— Soy un arcoíris, mírame —él rió.
—No lo pensamos —aseguró entre risas—. Deberías hablar con tu madre, ella fue la que lo eligió. Dijo que le recordaba al cielo.
—¿Dónde está ella? —pregunté tomando un sorbo de mi café luego.
—Entrenando —respondió—, ¿irás en el bus? —fruncí el ceño.
—¿Por qué no puedo solo ir volando? —papá sonrió divertido.
—Sería genial verte aterrizar en el patio del colegio —se burló de mi mal aterrizaje. Fruncí el ceño nuevamente.
—Eso podría cambiar si…
—Ni lo sueñes —me interrumpió—, no puedes llegar volando, Azul. Los humanos no vuelan.
—¡Qué injusticia! —murmuré sentándome— Ni siquiera actuando parezco normal, pero debo hacerlo de todos modos, aunque no funcione —recalqué.
—Pronto sabrás cuál es tu legado, nena —me recordó—. Te aseguro que las cosas cambiarán.
—Y no sé qué tan preparada estoy —le sonreí amargamente—. Pero, bueno, debo irme. No quiero perder el bus.
—¿Vienes temprano? —me preguntó.
—Sí, supongo que sí —respondí tomando mi mochila—. Cualquier cosa te enviaré un texto.
—¡Odio la tecnología! —protestó mientras yo reía saliendo de casa.
—Adiós, papá. Te quiero.
—También te quiero, arcoíris —sonreí caminando hacia la esquina.


Dos minutos después, el bus pasó por mí. Me senté casi al fondo y revisé mi libro de trigonometría, odiaba esas cosas, pero no podía evitar ser demasiado aplicada en la jodida escuela. Cosa de ángeles. Era una tendencia innata e inevitable ser responsable como la mierda. Jamás podíamos zafarnos de cosas que nos correspondían, por muy insignificantes que fueran, como la trigonometría.
En la siguiente parada subió un muchacho de mi edad realmente llamativo, pero casi al instante me decepcioné de no percibir su aura angelical. Él era demasiado perfecto para ser real, como yo, pero no era de los míos. Su cabello color miel estaba algo alborotado por el viento, sus ojos eran profundamente azules, traía un aro en su oreja izquierda y vestía jeans negros y una sudadera blanca con una inscripción delante. Le sonrió a alguien sentado algunos asientos delante del mío y admiré la majestuosidad de sus ojos enchinándose y la perfecta alineación de sus inmaculados dientes. Desapareció de mi vista cuando se sentó y me obligué a mirar mi libro, ¿quién sería él?
Al llegar al colegio, me dirigí a mi taquilla. Emma estaba apoyada en ella comiéndose sus uñas, jamás dejaba de hacerlo. Era su mal hábito. Al verme sonrió. Aquella muchacha era infinitamente extrovertida y creativa. Era valiosa, la única que no se encantaba de ningún poder de ángel que pudiera emitir inconscientemente. Algo realmente raro, porque jamás me pasó con alguien más, de todas formas, era grandioso.


—¡Hola! —exclamó. Era mi amiga desde el día que me mudé a San Francisco.
—Hola, Emm —saludé sonriéndole—, ¿sigues comiéndote las uñas? —fruncí el ceño.
—Dos semanas de vacaciones no cambiará ese hecho, soy adicta —sonrió inocentemente, reí.
—No tienes remedio —le comenté.
—¡Mírate! —me sugirió— Pareciera que no entiendes que estamos en enero, vistes como si fuera otoño y ni siquiera hiciera frío —ventajas de ser un ángel.
—No siento frío, me gusta el invierno —procuré sonar lo más humana posible.
—Sí, lo he notado —aseguró divertida—. Eres rara, Azul.
—Tú lo eres —bromeé—. Tengo algebra.
—Español —bufó—. Estoy pensando en mudarme a Inglaterra y dejar de estudiar —reí divertida.
—Sobre todo porque tu madre te dejará. Sí, creo que es sensato de tu parte, Emma —ella me miró frunciendo el ceño.
—Ni siquiera me dejas soñar, eres cruel —intentó no reír, pero ninguna lo logramos.
—Estás mal, enserio.
—Estuve casi 20 minutos intentando domar estos rizos, ¡odio la humedad! —protestó— Y tú ni siquiera tienes un cabello desordenado.
—No empieces —le pedí—. Esto es un asco —hablé apuntando mi cabeza.
—Oye, no voltees, pero Zach, de la clase de francés está mirándote como si fueras un enorme trozo de carne y él un lobo hambriento —no pude evitar reír de su comparación.
—¿Enserio? —pregunté, ella sonrió— ¿Un trozo de carne? —añadí entre risas— Debo ser realmente sexy.
—Lo eres —me aseguró divertida—. Eres un filete exquisito.
—¿No te has hecho ver, Emma? —ella se encogió de hombros.



Al salir de álgebra tuve literatura y luego me dirigí a la cafetería. Tomé un trozo de la misteriosa carne que hacía la cocinera, un poco de ensalada y una manzana, por último una botella de agua y me dirigí a la mesa donde estaba sentada Emma leyendo su novela de la semana. Me senté y comencé a comer pacientemente esperando que ella saliera de su trance.
La cafetería era un lugar social, pero con categorías. Casi como si copiaran las películas, los “cools” de un lado, los deportistas cerca porque las frívolas y plásticas chicas cools eran sus novias o estaban en aquel proceso de caza natural, los normales intentando ser cools y los nerds aislados jugando ajedrez y bebiendo jugo exprimido. No podía etiquetarme. No había ningún lugar con el cartel imaginario lleno de brillos y con dos alas decorativas a los lados colgando de cadenas gruesas y brillantes color doradas que dijera “Mesa Angelical”. De hecho, si así fuera, solo yo me sentaría allí. Sería realmente ridículo. Podía incluirme en cualquier grupo sin problema alguno, de hecho, todos los cools me habían invitado a su mesa alguna vez, pero no me sentía feliz estando allí por mi aura y mi belleza inhumana. Se sentía frívolo y falso. No me gustaba, para nada.


—Aunque no lo creas, es interesante —comentó sin despegar la vista de las páginas amarillentas de su libro.
—Sí, la leí en mi antigua escuela —leía Romeo & Julieta.
—Lo sé, estás en clase avanzada de literatura —me recordó sin mirarme aún.
—¿No comerás, Emm? —le pregunté al ver la falta de su comida.
—Tengo pavo en mi mochila —me afirmó—. Mamá me preparó el desayuno. Comeré luego. No tengo hambre.
—Bueno, creo que dejarás que Romeo hable contigo y no me darás atención —ella ni siquiera despegó la vista de su libro, así que decidí comer, tranquilamente.


Mi cabeza nadaba en un mar de letras y oraciones bimembres de la anterior clase, cuando mi instinto se alarmó, elevé mi cabeza hacia mi derecha y encontré a un muchacho mirándome. No es que eso fuera extraño, porque todos solían mirarme así, solo que él estaba a punto de socializar conmigo, lo intuía. Sus ojos cafés escaneaban atentamente la mesa, empezando por mi amiga Emma, su libro, mi comida y terminando en mí. Me sonrió mostrándome unos pequeños dientes blancos ordenados en su boca, apuesto a que por fuerza de ortodoncias alguna vez en el pasado, pasó una de sus manos por su cabello negro y enganchó su dedo pulgar en el pasa cinto de su jean.

Era alto, un poco más que yo, pero no demasiado. Tenía largas pestañas bordeando sus ojos cafés. Se veía musculoso, como si fuera al gimnasio y levantara pesas todos los días.