Después de hacer mis deberes, me
di una ducha y me puse un jean negro, una camisa color café claro y unas
ballerinas negras. Dejé mi cabello suelto y no me maquillé, nunca lo hacía, no
me gustaba. Al bajar las escaleras la sala estaba vacía, era temprano. Me senté
en el sillón y tomé mi teléfono. Emma me había enviado un mensaje hacía unos
minutos.
“¿Le dirás que sí a William? Él es muy sexy.
Creo que es perfecto para tu cita, pequeño arcoíris”.
“No me parece justo dejarte ir sola, iré contigo”.
“¿Quién irá sola, nena? Haha”.
“¿Vas con Manuel? Él es un lindo chico, Emm”.
“Sí, pero lo haré sufrir un poco. Se lo diré
el viernes. Él se lo merece haha. Debemos ir por nuestros vestidos mañana por
la tarde”.
“¿Es necesario llevar vestido? ¡Diu! Odio los
vestidos”.
“¿A dónde crees que vas? ¿A pescar? ¡Por
Dios, Azul! Compraremos un vestido hermoso para ti y uno más hermoso para mí, tú
lo compensas con tu belleza, pero yo… ¡ufff! Tengo arto trabajo haha”.
“Vale, loca. Iremos mañana al salir del
colegio. Veré qué podremos hacer con mi repugnancia ante parecer una princesa”.
“Vale, idiota. Adiós, ¡Besitosssss! :)”.
Dejé mi teléfono en mi bolsillo
nuevamente y antes de que pudiera relajarme el timbre sonó.
—¡Atiende, Azul! —gritó mamá
desde la cocina— Estoy ocupada. Hazlos pasar
—me dirigí a la puerta a abrir.
—Hola —saludé—. Soy Azul, hija de
Jerry, pasen.
Una mujer de unos cuarenta y
cinco pasó vistiendo un vestido negro plizado y llevaba sus rulos recogidos en
un particular peinado. Se notaba algo rígida y rara, como si estuviese
controlando algo interior. Me causó curiosidad, pero luego solo me sonrió
cálidamente. Tras ella entró un señor algunos años mayor que ella vistiendo un
traje gris y llevaba su cabello castaño peinado perfectamente. Se veían
estirados y como amante de las reglas.
—Soy Susanne —se presentó—. Él es
Robert, mi esposo.
—Es un gusto —les sonreí.
—El gusto es nuestro, pequeña
—murmuró Robert simpáticamente—, ¿Jerry?
—Oh, enseguida baja —les
informé—. Pasen, por favor. Están en casa —estaba a punto de cerrar la puerta
cuando la figura de un muchacho apareció.
—Hola —saludó entrando, le sonreí
también—. Soy Edward.
—Un gusto, soy Azul —le sonreí y
luego sí cerré la puerta. Un raro sentimiento de repugnancia me invadió.
—¡Susanne! —exclamó mamá saliendo
a toda prisa de la cocina hacia la sala— ¿Qué tal, cariño? No sabía que Jerry
hablaba de ti, ¡qué gusto verte! Oh, ¡hola Robert! Ed, estás enorme.
—La última vez que te vi estabas
embarazada de Azul —comentó Susanne sonriendo—, ¡es tan linda!
—Pasó tanto tiempo —17 años.
—¡Robert! —exclamó papá
alegremente uniéndose.
—Jerry, ¿qué tal? —saludó Robert.
—Pasemos al comedor —invitó
mamá—. Pronto serviré la cena.
Era raro, ellos se conocían.
Pasamos al comedor y nos sentamos a un lado tenía a mamá, del otro lado estaba
Edward. Me sentí incómoda toda la cena gracias a que Edward me miraba como si
fuera un ángel caído del cielo. Técnicamente, lo era, pero eso no le daba
derecho a intimidarme así. Él era un chico robusto, musculoso y alto. Sus ojos
negros intimidaban. Descubrí que Susanne y mamá eran amigas desde el secundario
y fueron a Harvard juntas. Papá y Robert trabajaban en un proyecto social de
redes de construcción de casas a lo largo de los pueblos pobres de Estados
Unidos, un plan fascinante y con un gran futuro. Ellos no parecían saber
nuestro origen, en realidad, nadie lo hacía.
Como mamá dijo, nadie nos veía
como ángeles después de recibir y cumplir nuestra misión en la tierra. Yo
desencajaba en ese entorno, yo sí era vista como alguien “increíblemente”
linda, adorable, angelical… como en realidad yo era. Pero al estar entre mis
padres vistos como “humanos normales”, podía pasar desapercibida.
Al terminar de cenar me fui a
dormir, agotada por el comportamiento acosador de Edward. Él parecía estar
hipnotizado por mí, ¡era realmente aterrador e incómodo! Me puse mi pijama y me
cepillé los dientes. Me até el cabello en un moño desprolijo y relajado para
acostarme luego.
Al cerrar mis ojos, todo lo que
podía ver consistía en el rostro de William. La perfección misma. Era raro,
nunca me había sucedido con nadie; pero, recordando sus ojos celestes sentía
una especie de alegría rara recorrer mis entrañas. Familiaridad, quizás, como
cuando regresas a casa después de mucho tiempo fuera.
Un niño se encontraba frente a mí,
arrodillado frente a su cama vestida de sábanas azules profundas. La habitación
que nos rodeaba era de un niño fanático de las carreras, las paredes celestes
estaban cubiertas de posters de ferraris y autos de competición. Al parecer, él
no pasaba los diez años. Era un lindo muchachito de cabello castaño y ojos
cafés. Juntó sus manos apoyando sus codos sobre el edredón y apoyó su frente en
sus manos.
—Querido Diosito —habló su dulce voz, intenté
moverme pero no lo logré. No podía controlar ese sueño tan nítido y realista,
pero a la vez lejano y arrasador—, sé que todas las noches antes de dormir te
molesto para pedirte lo mismo, pero me da miedo ver a papá gritarle a mamá. Le
tengo miedo a ese hombre que llega a casa después del trabajo, no se parece en
nada a mi papi cuando se va al trabajo, pero son tan igualitos. Hasta visten lo
mismo, ¡lo odio, Diosito! Él hace que mi mami llore y yo no puedo hacer nada,
ya muchas veces me ha pegado por meterme. Sácalo de la casa, le tengo miedo y
nadie puede defenderme de él, excepto tú.
